Amare se stessi

Amarci guarisce e ci fa felici. Ed è il miglior regalo che possiamo offrire agli altri...!!!

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El universo me está intentando decir algo (72 kilos)
Las imágenes son de 72 kilos

Antes que nada dejo aquí un enlace para quien todavía no conozca Ho’oponopono:

Ho’oponopono: qué es y cómo se practica

Y este es un brevísimo recordatorio para los que ya saben de qué se trata:

En su forma más sencilla, la práctica de Ho’oponopono consiste en repetir mentalmente “Lo siento, te amo” cuando vemos o experimentamos una situación que nos disgusta.

Al decir “Lo siento, te amo” nos estamos dirigiendo a la Divinidad (a Dios, si nos resulta un concepto más familiar), y le estamos expresando que lamentamos haber utilizado nuestro infinito poder creador para atraer a nuestras vidas una situación desagradable. Y le estamos manifestando nuestra gratitud por sanar la parte de nuestra mente que atrajo esa situación.

Luego, a medida que nuestra mente es sanada, la realidad que experimentamos, que no es más que una proyección de nuestra mente, también cambia.

Al menos esta es la teoría. Porque, aunque Ho’oponopono es una técnica muy simple, a veces no vemos los cambios positivos que esperamos que se manifiesten en nuestra vida, en la realidad que nos rodea.

¡Ahora me acuerdo! Hemos venido a divertirnos (72 kilos)

A continuación, tres errores muy comunes al practicar Ho’oponopono.

1 – Las repeticiones mecánicas

Quisiera señalar una idea que me parece muy importante. Se trata de la coincidencia entre Ho’oponopono y otras técnicas o filosofías aparentemente muy diferentes entre sí, como la ley de atracción, la meditación, el pensamiento positivo, la oración, el perdón, la filosofía de Louise Hay y la atención plena o mindfulness. Una coincidencia entre todas ellas es que proponen cuidar amorosamente del momento presente, que es el instante donde estamos creando permanentemente nuestra realidad… y donde también creamos los problemas a los que luego les queremos aplicar Ho’oponopono.

Todas estas técnicas intentan sacar nuestra mente del estado tan habitual de estar “rumiando” pensamientos negativos. Cada una lo logra de una manera diferente. Los ejercicios relacionados con la ley de atracción (la visualización creativa, por ejemplo), nos hacen cambiar los pensamientos de escasez por las emociones placenteras que sentiríamos si nuestros deseos ya se hubieran cumplido. La atención plena interrumpe radicalmente la actividad de nuestra mente, así ya no podemos tener pensamientos negativos. El perdón pone fin a emociones como el rencor o los resentimientos. El desarrollo de la autoestima, tal como propone Louise L. Hay, nos reconcilia con nosotros mismos y, a partir de ahí, con las personas y circunstancias que nos rodean. Y de una manera parecida funcionan la meditación, el pensamiento positivo, la oración, etc.

El efecto sanador de Ho’oponopono es la consecuencia de cambiar nuestras emociones frente a problemas o situaciones “desagradables”. Ho’oponopono nos saca de la posición de criticar y resistir y nos coloca en un estado de amorosa comprensión y aceptación… siempre que no apliquemos la técnica de manera mecánica.

En Internet normalmente encontramos la forma mecánica de aplicar la Ho’oponopono, a la que cada vez se le van agregando nuevas formalidades, palabras “gatillo”, largas oraciones o símbolos que hasta se venden en forma de “stickers”… haciéndonos olvidar que son nuestras emociones (nuestras vibraciones o la energía que emitimos) las que cambian nuestra la realidad, mientras que los rituales y las repeticiones mecánicas por sí solos no producen ningún cambio.

Practicar Ho’oponopono con el mismo humor de siempre, sin un cambio real y profundo de nuestras emociones, no producirá cambios positivos y duraderos en nuestras vidas.

El momento presente es ese instante mágico en el que creamos la realidad… y la realidad que creamos es un fiel reflejo de nuestras emociones más frecuentes. Entonces, cada vez que algo nos preocupe o nos haga enojar… apurémonos a decir (¡y a sentir!) “Lo siento, te amo” para cambiar esas emociones por otras más positivas que nos permitirán atraer bienestar y abundancia a nuestras vidas.

2 – No sentirnos ciento por ciento responsables

Ho’oponopono propone que somos ciento por ciento responsables de todas nuestras experiencias.

Tu estado de ánimo no puede depender de una noticia, una nube o una persona, porque entonces ya no es tuyo (72 kilos)

Louise L. Hay, al comienzo de su libro “Usted puede sanar su vida”, dice algo muy parecido:

Somos responsables en un ciento por ciento de todas nuestras experiencias, todo lo que pensamos va creando nuestro futuro.

Louise L. Hay

Lo mismo propone la Ley de Atracción (y la Metafísica en general). Y lo mismo afirma también Un Curso de Milagros:

Soy responsable de lo que veo.

Elijo los sentimientos que experimento y decido el objetivo que quiero alcanzar.

Y todo lo que parece sucederme yo mismo lo he pedido, y se me concede tal como lo pedí.

Un Curso de Milagros (Cap. 21, II)

Sin embargo, esta afirmación tan importante no puede ser demostrada. Cada uno de nosotros debe llegar por sí mismo a esta certeza. Creo que los años transcurridos (y una importante cantidad de fracasos acumulados) ayudan a convencerse, a llegar a esta conclusión imprescindible para luego ser coherentes al aplicar Ho’oponopono. Si no nos sentimos ciento por ciento responsables de cada cosa que nos pasa no seremos perseverantes ni auténticos al practicar, y esto provocará que los resultados no sean los esperados.

3 – La falta de constancia

Esta es, probablemente, la causa más frecuente de fracaso al aplicar Ho’oponopono… y en casi cualquier otra actividad que emprendamos.

Creamos nuestra propia realidad, y esta realidad es un reflejo de nuestras emociones más frecuentes. Entonces, no alcanza con practicar Ho’oponopono un par de veces al día o un par de días a la semana si el resto del tiempo continuamos “rumiando” pensamientos negativos.

¿Cuánto Ho’oponopono hace falta para que se produzcan los resultados esperados? La respuesta es la misma que para una dieta: si no conseguimos bajar de peso transcurrido un tiempo razonable, es que la dieta no fue lo suficientemente estricta. Si “un poco” de Ho’oponopono no produce cambios… es que necesitamos practicarlo con más frecuencia.

Cuando tratamos de hacer cambios importantes en nuestras vidas, suelen manifestarse todo tipo de resistencias. Ponernos en movimiento, entonces, revela esas invisibles cadenas que siempre nos atan, y de las que tal vez nada sabíamos.

Quien no se mueve no siente sus cadenas (Rosa Luxemburgo)

Y como es nuestro destino evolucionar y liberarnos, todas las fuerzas del Universo están de nuestro lado y sólo aguardan nuestra decisión para venir en nuestra ayuda. Con sólo ser constantes ya tendríamos la batalla ganada.

Pero tenemos que ser constantes.

Aquí están, entonces, 8 tips para desarrollar nuestra perseverancia:

  1. Ser tolerantes con nosotros mismos. Antes de empezar a fijarnos metas, lo mejor es haber desarrollado una actitud de amorosa tolerancia con los propios errores. Nada peor para comenzar cualquier actividad que saber que nos espera una cruel autocrítica ante el primer error.
  2. Desarrollar vínculos positivos. Tratar de vincularse con otras personas que estén intentando llevar a cabo los mismos cambios. Estas relaciones refuerzan nuestro compromiso.
  3. Recordatorios. Usar cualquier tipo de recordatorio. Desde colocar pequeños mensajes en el espejo hasta utilizar alguna aplicación del teléfono móvil. Google tiene un Calendario donde se pueden agendar recordatorios, que puede usarse tanto en la computadora como en el teléfono.
  4. Aplicaciones para el teléfono. Hay muchas aplicaciones gratuitas que pueden ser útiles. Yo uso una que se llama Insight Timer con la que programo el sonido de un gong para no olvidarme de practicar los ejercicios de Un curso de milagros.
  5. Ser optimistas. Aprender a confiar en que las cosas se pondrán más fáciles. En la medida en que vayamos cumpliendo metas simples, iremos fortaleciendo nuestra voluntad y determinación de manera que cada vez las cosas serán un poco más fáciles.
  6. Practicar alguna técnica de meditación. Meditar diariamente, tal vez un mínimo de veinte minutos, nos convierte en una mejor versión de nosotros mismos: más alertas, más productivos y más perseverantes.
  7. Ser realistas al fijarnos metas. No pretender alcanzar objetivos fuera de nuestras posibilidades o en tiempos imposibles. Es cierto que cada logro nos fortalece, pero también es cierto que cada fracaso nos debilita.
  8. Pedir ayuda. Pedir en oración tener la voluntad, la constancia y la motivación para alcanzar nuestras metas. Somos parte de un Poder Superior al que siempre podemos recurrir cuando sentimos que con nuestro esfuerzo individual no alcanza. ¡Pidamos y se nos dará!

Axel Piskulic

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Una lluvia de corazones cae sobre un hombre con paraguas.

En su libro “Crónicas del ángel gris”, Alejandro Dolina hace algunas reflexiones acerca de esas ciudades a las que todo el mundo va de vacaciones. Dolina es argentino, entonces toma como ejemplo la ciudad de Mar del Plata. Pero cada país tiene una o varias de estas ciudades.

Dice Dolina acerca de las vacaciones en esos destinos turísticos:

Es difícil encontrar una explicación convincente. Todo el mundo detesta las aglomeraciones. En Mar del Plata hay aglomeraciones. Luego, nadie debería acercarse por allí.

Me atrevo a postular una teoría audaz. No hay en Mar del Plata turistas lisos y llanos sino individuos que viven del turismo y trabajan en esa ciudad durante el verano: vendedores de chorizos, croupiers, empleados de hoteles, camioneros, colectiveros, cocineros, mozos, guardavidas, recepcionistas, aviadores, actores, músicos, futbolistas, árbitros, bailarines, magos, periodistas, editores, locutores, humoristas, telefonistas, cantantes, reposteros, adivinos y publicitarios.

Si agregamos a los familiares y acompañantes de estos trabajadores, hallaremos que suman millones. Todos se abastecen mutuamente: el croupier va al teatro, el actor va a ver fútbol, el futbolista come pizza y el pizzero escucha la radio. De este modo, la ciudad se mueve y los fenómenos económicos se cumplen como si hubiera turistas verdaderos.

Claro que está escrito en broma, las cosas no suceden así en Mar del Plata. Sin embargo, en muchas otras situaciones de la vida real, sí es cierto que las cosas no son lo que parecen.

Por ejemplo, con frecuencia las instituciones de nuestra sociedad se convierten en algo muy distinto de lo que deberían ser. Muchas veces los políticos son corruptos, los jueces favorecen a los poderosos, la policía comete delitos y los medios de comunicación desinforman o manipulan la opinión pública.

A través de la publicidad, las compañías de seguros afirman que quieren protegernos, las empresas de servicios médicos dicen que su misión es cuidar de nuestra salud y las que venden alimentos aseguran que sus productos son frescos y saludables, aunque contengan todo tipo de sustancias sospechosas. Pero el verdadero interés de todas estas compañías es ganar dinero. Los productos y servicios que nos ofrecen pueden ser muy buenos, pero sólo son un medio para maximizar sus ganancias.

Y como la sociedad es más o menos un reflejo de los individuos que la componen, en nuestras vidas también suele haber cosas que son muy diferentes de lo que deberían ser.

Conductas impostoras

Un buen ejemplo es ese trabajo al que vamos todos los días. Nos levantamos bien temprano, llegamos muy puntuales y nos pasamos allí gran parte del día. Seguramente le dedicamos a esa actividad más tiempo y energía que a ninguna otra. Es decir que nos comportamos como si nos encantara ir a trabajar. Además, tratamos con respeto a nuestro jefe y nos esforzamos por hacer todo lo que nos pide. Como haríamos con una persona a la que queremos entrañablemente.

Dice Dolina, continuando con el tema de las vacaciones:

Los escribanos y las profesoras de geografía dicen encontrar en sus licencias anuales la ocasión para hacer lo que en verdad desean. Lo que equivale a confesar que durante el resto del año, estas personas viven contrariando su verdadera voluntad.

Es decir que no siempre hacemos lo que nos gustaría hacer.

Claro que necesitamos pagar las cuentas y eso nos obliga a buscar un trabajo. El problema no es grave si comprendemos nuestra situación y sólo elegimos por necesidad algunas “conductas impostoras”. Pero a veces también podemos ir más allá y adoptar ciertas “emociones sustitutas”, que no son auténticas, que fuimos eligiendo por costumbre o por comodidad, y que nos impiden sentirnos bien.

Emociones sustitutas

En una etapa lejana de mi vida tuve una verdadera adicción a los videojuegos. Y de tanto que jugué y de tanto que observé jugar a otros, puedo asegurarte que sólo hay dos clases de jugadores. Unos juegan muy relajados, exploran siempre nuevas alternativas y disfrutan del juego, y otros juegan con cierto temor, un poco inseguros, con miedo de perder. En ambos grupos hay excelentes jugadores y hasta puede resultar difícil distinguir a unos de otros.

Pero si se trata de jugar, la motivación natural debería ser la diversión, no el miedo. El temor a perder puede hacer que un jugador se desempeñe muy bien, pero es una emoción desagradable e inadecuada, que en realidad está sustituyendo al placer de jugar. Se trata de una “emoción sustituta”.

Una lluvia de corazones cae sobre un hombre con paraguas.
Imagen de la película Amélie

En la vida diaria, podríamos llevar a cabo cualquier actividad motivados por una sola emoción: el amor. El amor a nuestros seres queridos, el amor hacia nosotros mismos y el amor por nuestro trabajo… ese sería el mejor estímulo para enfrentar lo que sea que tengamos que hacer. Y si el trabajo no nos gusta demasiado o si hay tareas aburridas o desagradables que estamos obligados a hacer, siempre podemos aceptarlas y llevarlas a cabo con amor; sólo tenemos que pensar amorosamente en aquellas personas que recibirán el resultado de nuestro trabajo.

Tal vez no nos salga espontáneamente, pero siempre podemos tratar de cultivar en nosotros esa actitud.

Claro que también podemos actuar movilizados por otras emociones. El miedo, por ejemplo, puede hacer que nos esforcemos mucho. Miedo a no alcanzar nuestras metas, miedo a perder el trabajo, miedo a que los demás nos desaprueben… El miedo puede ser un estímulo muy eficaz. La escuela, el trabajo y la sociedad tienden a disciplinarnos a través del miedo.

El rencor, los resentimientos y el odio también pueden impulsarnos a actuar, pero detrás de estas emociones tan negativas siempre descubriremos el miedo. Parece ser que sólo hay dos emociones básicas: el amor y el miedo.

Vale la pena entonces examinar nuestro corazón y ver cuáles son nuestras emociones más frecuentes. ¿Están del lado del amor o del lado del miedo?

¿Qué es lo que realmente nos motiva?

Es fácil y cómodo decirnos a nosotros mismos que nuestra mente es ciento por ciento paz y amor. Pero mejor observémonos con objetividad y aprendamos a conocernos. Podemos programar el timer del teléfono para que suene dentro de diez minutos y comprobar en ese preciso momento cuál es la emoción que estamos experimentando. Y podemos repetir ese sencillo ejercicio las veces que sea necesario para descubrir hacia dónde va nuestra mente cuando actúa por sí sola, cuando funciona de manera mecánica.

Examinemos entonces qué nos motiva a actuar y seamos cada vez más conscientes de este proceso. Atesoremos cada pensamiento positivo que nos movilice en la dirección correcta y quitemos nuestra atención a todo aquello que nos cause temor o enojo.

Que sólo el amor guíe nuestros pasos. Nuestra felicidad depende de que así sea.

Axel Piskulic

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Hay que dormir ocho horas al día. Y ocho a la noche.
Inercia: Los cuerpos en reposo tienden a permanecer en reposo (la imagen es de 72kilos)

Las Leyes de Newton son tres principios básicos que describen de manera sencilla el movimiento de cualquier cuerpo físico. Valen tanto para enormes planetas como para los pequeños objetos con los que interactuamos habitualmente. Y si bien están redactadas con precisión científica, resultan bastante intuitivas porque concuerdan con nuestras experiencias y observaciones de cada día.

El principio de inercia es la primera de estas tres leyes y establece que cualquier objeto tiende a permanecer en el estado de movimiento en que se encuentra. Si está en reposo, tiende a permanecer en reposo. Y si se está moviendo, tiende a permanecer en movimiento. Por eso es necesario realizar un cierto esfuerzo para mover algo que está quieto, o para detenerlo si es que se está moviendo.

Es decir que para vencer la inercia hace falta realizar primero algún tipo de esfuerzo.

La física recurre también al concepto de inercia para describir otras situaciones similares. Por ejemplo, la temperatura de un objeto cualquiera normalmente está en equilibrio con la de su entorno, y así permanece a lo largo del tiempo. Pero si queremos calentarlo, entonces es necesario que le apliquemos calor de manera externa para vencer, precisamente, su inercia térmica. Y existe también una inercia química, que explica por qué normalmente cualquier sustancia permanece en un cierto estado a lo largo del tiempo y no reacciona espontáneamente con otras con las que esté en contacto, a no ser que algo externo provoque esa reacción.

La inercia parece ser una característica que abarca a todo el mundo material y seguramente esta cualidad hace que las cosas sean más o menos estables y que tiendan a permanecer así a lo largo del tiempo. La vida de cualquier criatura (incluidos los seres humanos) requiere que diferentes variables de su entorno permanezcan dentro de cierto rango, y la inercia parece contribuir a sostener esa estabilidad tan necesaria.

Pero en nuestro mundo interior también parece reinar la inercia. Y allí muchas veces termina convirtiéndose en un verdadero obstáculo para nuestra evolución.

La inercia nuestra de cada día

En nuestra mente también parece actuar el principio de inercia.

Quien está acostumbrado a pensar de determinada manera tiende a seguir haciéndolo así, indefinidamente. Y nuestras acciones, que normalmente reflejan nuestra manera de pensar, siguen también este mismo patrón repetitivo.

Cambiar de hábitos no suele ser tan fácil, aunque estemos decididos a hacerlo. Nuestra mente parece gobernada por fuerzas más poderosas que nuestras convicciones y que tienden a sostener las viejas creencias y los antiguos patrones de pensamiento, aunque ya no nos resulten útiles.

Y nuestro cuerpo también parece resistirse a cualquier cambio. Lo sabe perfectamente quien emprende una nueva dieta o se decide a hacer ejercicio.

La zona de confort no es realmente un lugar físico, sino un conjunto de actitudes que nos hacen sentir seguros. El problema es cuando la seguridad se convierte en una meta en sí misma. Concretar nuestros anhelos más profundos nos obliga a salir de esa zona de confort. Pero antes tenemos que enfrentar la inercia que nos mantiene ahí, tenemos que vencer nuestras propias resistencias.

Sigmund Freud, el padre del psicoanálisis, precisamente llamó resistencia al conjunto de conductas y actitudes (muchas veces inconscientes) que el paciente despliega durante el tratamiento y que tienden, aunque parezca increíble, a oponerse a la cura. Es pura inercia, que tiende a mantener al paciente en el estado de neurosis en el que se encuentre.

Cualquier cambio positivo es posible, pero antes debemos comprender y superar esa inercia interior que parece oponerse a todo.

Cómo cambiar, en tres sencillos pasos

Podemos hacer posibles esos cambios que tanto estamos necesitando, a pesar de la inercia:

1 – Comprender la situación

Como cada vez que enfrentamos un problema, comprender nuestra situación es fundamental. Esa inercia tan molesta, que parece dificultar cada paso que queremos dar, en realidad es una característica positiva y necesaria, propia de cada ser vivo y de cada organización. Para que nuestro cuerpo funcione correctamente cada día, es necesario que una enorme cantidad de procesos tengan lugar a lo largo del tiempo, sin interrupciones y sin cambios. Cada uno de nuestros órganos debe repetir cada día las mismas funciones, siempre de la misma manera. Nuestra vida depende de esa continuidad. Nuestra estructura psicológica puede resultarnos a veces una pesada carga, sobre todo cuando queremos cambiar, evolucionar. Pero al mismo tiempo es imprescindible para interactuar con los demás y para desenvolvernos adecuadamente en la sociedad.

Entonces, esta inercia que tanto padecemos es un rasgo necesario para vivir y para relacionarnos. No nos quedemos en la simple queja, comprendamos nuestra situación, aceptemos este rasgo que puede provocarnos cierta rigidez y, a partir de allí, avancemos decididamente en la dirección del cambio.

2 – Hacer nuestro mayor esfuerzo

En su libro Los cuatro acuerdos, el Dr. Miguel Ruiz expone las cuatro máximas que deberíamos adoptar para llevar una vida plena y equilibrada, según la tradición Tolteca. Me interesa hoy el cuarto acuerdo, que dice simplemente: “Haz siempre lo máximo que puedas”.

Haz siempre lo máximo que puedas, puede parecer una pesada exigencia. Pero lleva implícita además la sugerencia de no excederse. Hacer lo máximo que puedas implica también respetar los propios límites. En ningún caso debemos pretender ir más allá de nuestras posibilidades o encarar actividades para las que no estamos preparados. Disponemos de una cierta cantidad de energía que debemos administrar con cuidado.

Además, si estamos tratando de modificar nuestros hábitos, es importante no acumular una larga sucesión de fracasos, precisamente para evitar que el fracaso se convierta en una costumbre, en un nuevo hábito.

Para evitar aquí una interminable lista de sugerencias, me voy a concentrar en el que creo que es el problema básico a la hora de tratar de llevar adelante un proceso de cambio: la perseverancia. Hagamos entonces el mayor esfuerzo posible (ni más, ni menos) por no olvidar nuestro compromiso. Cualquier tipo de recordatorio es válido. Desde colocar pequeños mensajes en el espejo hasta utilizar alguna aplicación del teléfono móvil. Todo suma.

El principio de inercia finalmente jugará a nuestro favor, ya que asegura que lo que se pone en movimiento, luego tiende a seguir en movimiento.

Entonces, simplemente, demos el primer paso.

3 – Pedir ayuda

La oruga experimenta una milagrosa metamorfosis para llegar a convertirse en mariposa. Pero al igual que nosotros no es capaz de planificar, conducir o provocar esa transformación… Sólo está lista para acompañar el proceso.

Existe en nuestro interior un potencial que espera ser desarrollado. Enormes poderes juegan a nuestro favor y sólo aguardan nuestro consentimiento para actuar en nosotros. Dios, la Naturaleza, el Universo, o como prefieras expresarlo, saben perfectamente cómo debe ser nuestra evolución. Sólo tenemos que expresar en nosotros esa misma Voluntad.

Ante cada pequeño fracaso, recordemos pedir ayuda a ese Poder Superior del que todos formamos parte. Repitamos una sencilla oración, usando nuestras propias palabras, manifestando claramente nuestro compromiso por cambiar. Tanto para bajar de peso como para cumplir nuestra misión más importante en esta vida.

Hagamos de esto un hábito y luego, “por inercia”, lo recordaremos todos los días.

Axel Piskulic

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